Recuerdo cuándo entre en el
BTM por primera vez aquel frío día de Noviembre.
El teatro siempre tiene un magnetismo especial, un aire indescriptible que desde el primer contacto te engancha y es capaz de emocionarte. Aquel día vería
Los Miserables.
"Mientras haya en la tierra ignorancia y miseria, libros como éste podrán no ser inútiles."
Había oído ese título alguna vez que otra, cosa inevitable pues es uno de los
clásico imprescindibles de la literatura universal. Así que, cuándo asistí a la obra por primera vez, tenía una vaga idea de lo que iba a ver y no podía evitar sentirme completamente entusiasmada.
Se apagan las luces. Se levanta el telón. Sucede.
Contempló con admiración la historia que transcurre sobre las tablas.
Las melodías se vuelven un remolino en mi cabeza y las palabras se convierten en emociones.
Me fascina lo que veo; la dedicación de
Valjean, el sufrimiento de
Fantine, la imperturbabilidad de
Javert, la soledad de
Éponine, los ideales de
los amigos del ABC. Siento un nudo en la garganta y cuándo las luces se encienden y todo ha acabado no puedo hacer más que aplaudir.
Creí que así, con esa simple acción, sería capaz de expresar toda mi admiración.
"Una día más; Sale el Sol."
Cuándo vuelvo a casa, la historia esta grabada en mi cabeza e impulsada por esa emoción corro a la librería y rebusco entre los estantes hasta encontrar lo que andaba buscando. La imagen de
Cosette en la portada me hace sonreír y comienzo a imaginar todo lo que estoy por leer. Vaya, me quedo corta.
Es indescriptible lo que mis ojos leen.
Desde la primera página el corazón me late a toda velocidad y no puedo parar de pasar las páginas. Me pierdo en ese mundo, me deleito con él.
Lo veo. Lo veo cómo si yo también formara parte de él.
Lloro con lo que sucede, me emociono con las palabras y las acciones.
Siento todo cuanto sucede en esas páginas muy dentro de mí, en mi alma.
Cuándo leo el último párrafo lo hago con lentitud mientras que esa extraña opresión en el pecho va en aumento. No quiero que se acabe. La última frase. La última palabra. Páginas en blanco.
Entonces cierro el libro y lo contemplo; me doy cuenta de algo sorprendente.
Los Miserables han cambiado mi vida.
Desde ese mismo instante no vuelvo a ser la misma; mi manera de ver el mundo es otra. Todo tiene más matiz, más detalles, más color. Todo lo que sucede a mi alrededor cobra un magnetismo especial y todo lo que sucede en mi interior parece ser más sencillo. Más llevadero.
Que curioso, soy más feliz así.
"Hay muchos más que seguirán gritando: ¡LIBERTAD!"
Vuelvo a ver el musical dos veces más. Me siento allí, en mi lugar.
Mi hogar.
Me veo transportada al lado de los personajes que me han hecho crecer y comprenderme mejor como persona y la felicidad me embarga.
Las lágrimas se amontonan en mis ojos. ¿Quién mira?
¡Que más da! Estoy llorando y no me importa.
Vienen a mi cabeza las palabras exactas del libro y sonrío para mis adentros comprendiendo algo que había intuido pero que no me había atrevido a confesar.
Me he enamorado, si, amor. Me he enamorado de Los Miserables.
Me he enamorado de la bondad de
Valjean, de la rectitud de
Javert, de la entrega de
Fantine, de los sueños de
Marius, de la apacibilidad de
Cosette, de los sacrificios de
Éponine, de los ideales y la belleza de
Enjolras.
Me he enamorado de París; de sus calles y de su olor. De su miseria y de su alegría.
De los días nublados paseando por los
jardines de Luxemburgo y de la lluvia que cae sobre los adoquines de la
Rue de la Chanvrerie los primeros días de junio.
Me he enamorado del tacto, de la voz y de las sonrisas. Me han cautivado sus miradas.
Me he enamorado de las vidas de esos personajes que hacen su presentación ante mis ojos con toda nitidez.
Veo ese mundo y el mundo mismo me enamora.
Sé que vendrán muchos libros más. Muchas obras de teatro y musicales.
Volveré a emocionarme y a disfrutar.
Pero mi corazón, que es caprichoso, ya ha elegido. Ellos,
Los Miserables, serán cómo un primer amor.
Ese tipo amor que no se olvida, que siempre prevalece, que te hace soñar. Ese amor al que se mira con los ojos vidriosos y el corazón desbocado. Ese amor al que uno esta atado.
Ese tipo de amor que da vida.
"Enjolras era un joven encantador capaz de ser terrible, angélicamente bello, un Antínoo huraño."
La belleza de
Los Miserables radica en el género humano. En su simpleza y en la fuerza desmesurada de sus pasiones.
Es un retrato de las personas, de la sociedad y del mundo que nos rodea, sólo eso.
¿Qué hay más bello? Decidme.
¿Qué hay más bello en este mundo que la imperfección humana?
Yo os lo diré;
Nada.
"Si Enjolras era el líder, Combeferre era el guía."
Hasta siempre.
Jamás olvidaré todas las emociones vividas e indescriptibles gracias a vosotros, tanto los que estáis sobre el escenario como a todo el maravilloso equipo que permite que soñemos cada noche con que un mundo mejor es posible sólo si tendemos nuestra mano con entusiasmo y sentimiento.
Gracias. Gracias por cambiar mi vida.